Luego de que esta semana Sony realizó la confirmación que, desde enero de 2028, los productos asociados a PlayStation dejarán de contar con lanzamientos de videojuegos en formato físico, se comenzará a cerrar un capítulo que ha acompañado a la industria por más de 40 años. Un formato que ha estado presente prácticamente desde el nacimiento de los videojuegos y que ha sido parte fundamental de su evolución. Sin embargo, esta noticia no debe tomarse a la ligera ni quedarse únicamente en la nostalgia por un formato que, lamentablemente, nunca evolucionó al ritmo de la tecnología o que las propias compañías decidieron no impulsar. La desaparición del formato físico trae consigo consecuencias que van mucho más allá de dejar de coleccionar cajas en una repisa.
Imaginemos por un momento que, cada vez que comemos una pizza o una bandeja de sushi, nuestro cuerpo realiza el trabajo de descomponer esos alimentos para obtener los nutrientes necesarios. Antes de eso, sin embargo, disfrutamos de sabores, aromas y texturas que forman parte de la experiencia. Ahora pensemos que las compañías alimenticias decidieran unánimemente eliminar toda esa experiencia y vender directamente una papilla con los mismos nutrientes, el mismo sabor y resultado final para nuestro organismo. Técnicamente estaríamos consumiendo lo mismo, pero el formato habría cambiado por completo.
Bajo esta metáfora, abandonar el formato físico no solo afecta a los consumidores. También golpea a industrias y profesionales que han acompañado a los videojuegos durante décadas: tiendas especializadas, distribuidores, diseñadores gráficos encargados de las portadas, fabricantes de ediciones especiales y toda una cadena de valor que existe alrededor de un producto tangible. Los lanzamientos también sufrirán cambios importantes, eventos y convenciones perderán parte de su magia al no poder exhibir cajas, colecciones o ediciones limitadas. La emoción de recorrer tiendas en busca de un título específico o descubrir una joya inesperada desaparecerá gradualmente. Todo quedará reducido a esperar la fecha de lanzamiento para realizar una descarga digital.
Además, el catálogo disponible quedará completamente sujeto a los intereses de las plataformas digitales. Serán estas quienes decidan qué productos promocionar y cuáles permanecerán ocultos para el público. En un mercado dominado por algoritmos y métricas de rentabilidad, los juegos con mayor potencial comercial tendrán cada vez más visibilidad, mientras que propuestas más pequeñas o experimentales correrán el riesgo de quedar relegadas al olvido.
La propiedad de los videojuegos también se verá afectada. Un usuario ya no podrá vender fácilmente un juego que terminó, intercambiarlo con un amigo o prestarlo a un familiar. El concepto de posesión se transforma en una licencia de uso que depende completamente de las condiciones impuestas por las compañías. Asimismo, las plataformas tendrán la capacidad de retirar títulos de sus tiendas cuando lo estimen conveniente, ya sea por bajas ventas, problemas de licencias o simplemente decisiones comerciales.
Los precios tampoco estarán exentos de cambios. Podríamos ver valores cada vez más dinámicos, determinados por algoritmos capaces de analizar demanda, comportamiento de compra y tendencias del mercado en tiempo real. Esto podría generar diferencias considerables entre títulos, favoreciendo a los productos más populares y limitando las alternativas para los consumidores.
